Las cumbres más altas del mundo situadas en los Himalayas, son el escenario perfecto para generar lecciones de montaña en momentos de crisis.

A continuación, una de las primeras experiencias de Colombia en las montañas más altas del mundo, un relato realizado por José Fernando Machado, arquitecto, montañista y director de la compañía TODOCOMUNICA.

Broad Peak, 8.047 m.s.n.m

El 26 de junio de 1984, avanzada la tarde, Manolo Barrios alcanzó por primera vez para Colombia la cumbre de un “ochomil”: el Broad Peak, 8.047 m, en la cordillera del Karakorum, entre Pakistán y China.

En ese mismo momento Raymond Bodenmann aguardaba ansioso en el campamento base mientras Marcelo Arbeláez y yo, compañeros de Manolo en la expedición, descendíamos del collado a 7.800 m.

Este descenso se realizaba en las peores condiciones: deshidratados, si agua en la cantimplora, sin cuerda, sin equipo de comunicaciones y con un frío penetrante que se hacía más intenso en la medida que llegaba la noche.

Yo había desarrollado, sin ser consciente de ello, un edema pulmonar tras permanecer una semana en la montaña a más de 6.000 m. Jamás había estado tan débil: apenas me podía sostener en pie con ayuda del bastón de esquí.

Asimismo, nunca me había sentido tan fuerte. Teníamos la certeza de que sólo la voluntad a toda prueba y la claridad de pensamiento nos podían sacar de esa situación.

Avanzábamos penosamente en busca del campamento 3 a 7.200 m, donde encontraríamos oxígeno, radio y, con suerte, agua para beber en los termos.

De caída en caída, evadiendo las peligrosas grietas abiertas por el sol, adivinábamos la ruta pues, cuando dejamos la carpa antes del amanecer, no se marcaron nuestras huellas en el hielo duro.

Caía la noche y crecía nuestro temor por no alcanzar el campamento, lo que sería fatal. No estábamos preparados ni teníamos fuerzas para una noche a la intemperie. Además, no sabíamos nada sobre la suerte de Manolo.

Éramos dos hombres agotados en una montaña inmensa actuando visceralmente.

Marcelo era consciente de la necesidad de descender rápido mientras yo, bajo los efectos de la falta de oxígeno, comenzaba a alucinar, a decir cosas incoherentes, y sentía que no podía dar un paso más.

En esa circunstancia de vida o muerte, en extremo delicada, comenzamos una agria e inútil discusión que todavía me duele: lanzando mutuamente los más duros juicios, recriminaciones y señalamientos, agotamos en palabras envenenadas la última gota de saliva que nos quedaba.

No sé cómo llegamos al campamento hacia la medianoche.

Manolo pasó toda la noche de pie para no dormirse, abrigado en una grieta a 7.500 m, hasta que pudo avanzar para reunimos los tres al amanecer en la carpa.

Dos días después llegamos al campamento base, donde tuve una lenta pero satisfactoria recuperación.

Marcelo y yo compartimos la misma carpa y permanecimos en ella más de una semana sin dirigirnos la palabra, solamente pasándonos la comida, mientras cedieron el mal tiempo y el mal genio.

Marcelo perdió su oportunidad de cumbre, pero me salvó la vida.

Lecciones de la montaña

De esa dura crisis en la montaña me quedaron siete lecciones fundamentales:

1. El valor de la amistad: la confianza, el respeto, la tolerancia, la fidelidad y la reciedumbre.

2. La importancia de proponerse altas metas y cumplirlas con estrategia.

3. El sentido del trabajo en equipo y la buena comunicación.

4. La necesidad de conservar la serenidad, la claridad en los objetivos y el optimismo en los momentos de mayor crisis.

5. Nuestras debilidades y angustias, cuando se manifiestan en momentos de alta tensión, contagian al equipo y no aportan soluciones.

6. La prioridad de las acciones y los resultados sobre las palabras.

7. Por último, la diferencia entre lo realmente importante y lo aparentemente importante.

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